Todas las palabras tienen su historia, su colocación exacta en el contexto de una frase que a su vez es parte de un texto o de la vida de alguien. Muchas veces creemos que sabemos el significado de las palabras, y el peso que tienen, pero luego nos encontramos con muchos errores y malentendidos. Pensamos lo que puede indicar una palabra o la imagen que puede transmitir incluso cuando a veces no somos capaces de predecir el impacto que tendrá en la gente.

Si es verdad que las palabras importan, es importante ser cuidadosos con lo que decimos, escuchamos o leemos, porque cualquier conversación puede cambiar profundamente nuestro estado de ánimo incluso cuando no nos damos cuenta. Una buena o mala palabra tiene efectos diferentes en nuestra mente: algunas hacen daño y otras curan heridas.

Hay palabras que llevamos con nosotros desde la infancia, agradables o espantosas, que antes no entendíamos pero que su presencia sin duda ha influido en nuestras vidas. Hay palabras de madurez, de esperanza, de éxito, pero también de frustración y de rabia. Puedes decirlas en un tono más alto o susurrando pero de cualquier forma su impacto no se puede predecir con exactitud. Hay ideas que casi no tienen palabras y frases superficiales sin un gran sentido que deberían valorarse de otra manera.

Hay palabras que son como armas o medicamentos: no hay arma más peligrosa que una frase que duele y no hay medicina más poderosa que una expresión sincera y de apoyo que dé esperanza cuando alguien esté perdido.

Además, también hay muchas palabras inútiles capaces de crear pensamientos y preocupaciones sin valor pero que parecen adquirir relevancia solo porque nos las repiten constantemente.

Como conclusión, cuando escuchamos, hablamos o leemos es fundamental no perder el control de nuestro cerebro para poder llevar nuestro conocimiento desde la opresión hasta la autonomía y poder elegir las palabras y los sentidos adecuados que lo enriquezcan.

 

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