LA CONSOLIDACIÓN DE LAS REFORMAS (1984-1991)

“Existen ciertamente peligros en los cambios atrevidos; pero mucho mayores peligros acechan tras un ciego conservatismo”   H. George, Social Problem

7.1. Política interior

2.1. La pugna entre reformistas y conservadores

Epoca de Reagan  Margareth Thatcher, neoliberalismo.

A partir de 1984 se intensificaron las diferencias dentro de la cúpula directiva y condujeron a una creciente polarización de los planteamientos sobre el ritmo y la profundidad de las reformas. En parte, ello era reflejo de la diferencia generacional entre los veteranos revolucionarios como Chen Yun, Bo Yibo, Peng Zhen y Wang Zhen, que eran más conservadores en sus actitudes hacia las reformas económicas, y una generación más joven simbolizada por Hu Yaobang y Zhao Ziyang, quienes estaban preparados para continuar el desarrollo de la economía y el proceso de la reforma. Dado que el poder dentro del Partido se estaba moviendo gradualmente hacia los segundos, los primeros habían incrementado sus motivos de temor. Las diferencias entre “conservadores” y “reformadores” en la jefatura del PCC han estado basadas en sus actitudes hacia el cambio económico y hacia el cambio político.

Las actitudes “conservadoras” y “reformistas” hacia la reforma económica han diferido en dos cuestiones clave: economía planificada/de mercado y propiedad. El punto de vista conservador partía de la base de que la planificación (tanto la directiva como “la orientación”) es una característica fundamental del “socialismo” y debería conservar un papel dominante en la economía. Aunque estaban dispuestos a admitir que el sistema de planificación tenía deficiencias, han tendido a quitarles importancia, argumentando que la planificación “real” había sido desvirtuada por los experimentos políticos maoístas y por una tendencia a tratar de planificar excesivamente la economía. En su opinión, la planificación central era deseable y factible. La reforma del sistema de planificación era posible mediante el incremento del alcance de la planificación “orientativa”, especialmente mediante el uso de controles fiscales y financieros para alcanzar el equilibrio macroeconómico, reduciendo el alcance de la planificación directiva, que debía centrarse en sectores clave, mejorando la calidad de información y personal e ideando mejores sistemas de incentivos.

Los mercados han sido vistos por los conservadores como potencialmente anárquicos y desestabilizadores, incapaces de alcanzar los objetivos de una economía socialista, aunque han admitido que tienen ciertos beneficios en el equilibrio entre oferta y demanda y ejercen presiones para una mayor eficiencia empresarial. De este modo, el mercado puede jugar un papel valioso en la economía socialista, aunque adicional al plan. Del mismo modo, los conservadores estaban dispuestos a reconocer los beneficios económicos del comercio exterior, aunque lo han considerado un complemento útil para una estrategia económica básicamente independiente y han estado poco dispuestos a permitir que la economía china dependiera demasiado del exterior, especialmente dado el hecho de que la apertura provoca influencias culturales y políticas “poco saludables”.

Por otra parte, respecto al sistema de propiedad, los conservadores han insistido en que el sector público (estatal y colectivo) debería seguir siendo el dominante en la economía, aunque admitiendo que el sector privado y el “no socialista” podían llevar a cabo un papel complementario y valioso, especialmente proporcionando servicios y bienes de consumo no básicos.

Por el contrario, el modelo reformista busca una ruptura más radical con el pasado, partiendo de la base que la planificación directiva centralizada más que un pilar central del socialismo es un impedimento al desarrollo socialista, al ser incompatible con la eficiencia económica. Las instituciones económicas deberían ser definidas como “socialistas” en la medida en que contribuyan a “desarrollar las fuerzas productivas”. En una economía avanzada, únicamente los mercados son capaces de garantizar una asignación racional de los recursos económicos, por lo que deben convertirse en el primer motor de la economía. Por lo tanto, el sistema de planificación tradicional debería ser desmantelado o, mientras permanezca para alcanzar los objetivos nacionales a largo plazo o corregir ciertos efectos negativos del mercado, reducido a un marco regulador de la política macroeconómica, utilizando “palancas económicas” tales como los tipos de interés, la tributación y los aranceles. En palabras de Zhao Ziyang, cuyos informes del XIII Congreso del PCC en 1987 eran las manifestaciones oficiales clásicas de la posición de los reformadores, “el Estado regula el mercado y el mercado guía a las empresas”. El intercambio de bienes debería regirse por un sistema de precios competitivo y los mercados emergerían gradualmente por los factores básicos de producción -capital, trabajo y tierra-, conduciendo a una mercantilización de una economía que se integraría ampliamente en la economía internacional.

Dado que las formas privadas y otras formas no estatales de propiedad son dinámicas y eficientes, deberían ser promovidas en vez de obstaculizadas con restricciones de carácter político. Por otra parte, las formas tradicionales de propiedad estatal y colectiva deberían ser reformadas. La meta de las reformas sería muy diferente a la del modelo conservador, ya que consistiría esencialmente en una economía de mercado, probablemente basada en empresas privadas, aunque quizás una economía con un sector público residual relativamente amplio y una regulación substancialmente estatal de la economía.

Por lo que se refiere a la reforma política, resulta más difícil identificar los puntos claros de la diferencia entre los líderes reformistas y conservadores del PCC. Aunque la posición conservadora está clara, siendo expuesta en el discurso de Deng Xiaoping en 1980, los líderes reformistas como Hu Yaobang y Zhao Ziyang no propusieron alternativas coherentes.

Al menos hasta los dramáticos sucesos de 1989, todos tendieron a permanecer dentro de los límites definidos por Deng Xiaoping en marzo de 1979 en términos de los “Cuatro Principios Básicos” que excluían profundos cambios en el sistema político. Esto significó en principio que los debates acerca de la reforma política fueron principalmente expresados en términos de las necesidades de la reforma económica, en vez de tomar la reforma política como una cuestión de derecho propio.

Por otro lado, tanto conservadores como reformadores han reconocido que se debe hacer una distinción más clara, en la teoría y en la práctica, entre los sistemas político y económico. Los conservadores políticos como Deng reconocieron que el Partido se había comprometido demasiado en la dirección diaria de la economía y podría mejorar su efectividad y credibilidad mediante su retirada hacia un papel menos intervencionista. Los reformistas desearían ir más lejos, por ejemplo, reduciendo o suprimiendo el poder de los comités del Partido en las fábricas. Tanto conservadores como reformistas mantuvieron su tradicional planteamiento socialista de que el Partido tiene de papel clave en la estructuración y estimulación de la economía. Aunque esto se dio forma más acusada en los políticos conservadores como Deng Xiaoping, obsesionado con un rápido crecimiento y con el papel del Partido en conseguirlo, tendencias similares podrían ser detectadas también en los líderes reformistas como Zhao Ziyang y Hu Yaobang.

Sin embargo, a medida que las reformas de la economía se intensificaron en la segunda mitad de los 80, este consenso básico sobre la cuestión de la reforma política comenzó a desintegrarse y los líderes conservadores y reformistas incrementaron las divergencias. Diferían especialmente en sus reacciones frente a los efectos políticos del desarrollo de los mercados, sobre todo respecto de las Zonas Económicas Especiales. Estaban de acuerdo en las maldades del consumismo, la corrupción y la imitación de la cultura occidental y en la necesidad de alguna clase de civilización “espiritual socialista”, pero los conservadores encontraron este fenómeno más alarmante y lanzaron sucesivas campañas políticas contra la “contaminación espiritual” y la “contaminación burguesa”, mientras que los reformadores como Zhao Ziyang estaban más preparados para rechazarlos como males de transición inevitables e inferiores a los efectos beneficiosos de la reforma económica, como una mayor libertad cultural y una mayor diversidad intelectual, mayores incentivos efectivos para el trabajo y para la iniciativa; y mayor apertura hacia nuevas ideas.

Mientras tales miedos reforzaban la precaución de los conservadores sobre las reformas políticas y les conducían a reafirmar los principios políticos del viejo orden, los reformadores experimentaron un viraje en sus actitudes hacia los cambios políticos. Los líderes reformistas (y mucho más sus consejeros) empezaron a reconocer que reformas económicas más radicales serían obstruidas por el aparato estatal del Partido y sus representantes conservadores en el Comité Central. Por un lado, consideraron que había una necesidad urgente de socavar esta oposición a través de más cambios minuciosos en el sistema político y administrativo. El cambio es visible en el informe de Zhao Ziyang en el Tercer Congreso del Partido en octubre de 1987, en el cual subrayó la crucial importancia de “construir una política socialista democrática” y la necesidad de “introducir reformas políticas en la agenda del conjunto del partido”. Por otra lado, las propias prescripciones de Zhao en cuanto a la reforma política no constituyó en modo alguno un ataque radical a la política ortodoxa definida por Deng. El empuje más importante, para separar el Partido del gobierno y la economía, era mantener las preferencias establecidas por el propio Deng. Si bien los reformistas querían llevar la reforma política más lejos que los conservadores, continuaban manteniendo que las necesidades de la reforma económica tenían prioridad. De este modo una rápida y completa “democratización” no sería deseable porque amenazaría la reforma económica al flaquear la autoridad y al desviar el empuje político del gobierno reformista.

No obstante, aunque limitadas sus propias intenciones, Zhao deseaba tolerar, incluso animar, una discusión de una reforma política más radical. Como en el caso de Hu Yaobang antes que él, esto provocó la enemistad de los líderes más conservadores, quienes lo vieron como un fomento de la “liberalización burguesa”. Los líderes reformistas no cayeron tanto por lo que ellos mismos hicieron, sino por lo que permitieron hacer a otros.

Las diferencias entre los reformadores más conservadores y los radicales se hicieron más profundas con los crecientes problemas en la dirección de las reformas económicas (tales como la inflación, la sobreinversión, los déficits presupuestarios y la espiral de corrupciones) y especialmente cuando aparecieron problemas en el sector que había sido tan exitoso hasta el momento: la agricultura. Los conservadores vieron estos problemas como una prueba de que las reformas estaban siendo llevadas a cabo demasiado rápidamente y de que había una necesidad de estabilizar la situación antes que llevarla más lejos. Los reformadores, por otro lado, deseaban aceptar estos problemas como un mal inevitable del proceso de reforma y estaban recelosos de las intenciones conservadoras. Veían los problemas macroeconómicos como una continua evidencia de las irracionalidades de una “falta de economía”, la cual podía ser resuelta únicamente profundizando más que parando el proceso de reforma, en la esfera política y en la económica.

Los líderes de la reforma pospusieron reformas económicas profundas a principios de 1986, hasta que la estabilidad macroeconómica hubiera sido restituida, pero al mismo tiempo los años desde 1985 hasta 1987 vieron una ola de propuestas más radicales de reforma económica y un énfasis en la necesidad de profundizar en las reformas políticas.

En la esfera económica, las propuestas clave fueron las siguientes: defensa de una disminución más rápida del sistema de planificación directiva, ampliación de los mercados de bienes a los mercados de trabajo, capital y tierra, reforma radical del sistema de propiedad en el sector estatal, tanto a través de la privatización completa como de una redefinición fundamental de las relaciones entre las entidades estatales y las empresas, a las que se daría mayor autonomía real mientras conservasen la propiedad estatal en términos legales, una reforma profunda del sistema de precios que redujese drásticamente los controles de los precios públicos y que permitiese a estos precios encontrar sus niveles “reales” a través de las operaciones de mercado, y una profundización de la política de apertura creando más zonas “abiertas” e intensificando la interdependencia entre la economía nacional e internacional.

En la esfera política, los reformadores insistieron en la discusión de que los cambios políticos eran necesarios con carácter urgente, especialmente una reducción del papel socioeconómico del Partido, una democratización limitada a través de elecciones más competitivas, un mayor alcance para la organización y la expresión de diferentes intereses sociales y una mayor libertad de prensa. Sin esto, las reformas económicas se hundirían.

Así, con el soporte inicial de Deng Xiaoping, aumentaron las demandas para una “reforma estructural política” para complementar la “reforma estructural económica” y tuvo lugar un profundo debate a finales de 1986, conducido por muchos miembros clave del ala reformista del Partido y expresado especialmente por el Viceprimerministro Wan Li y por Zhu Houze, Jefe de departamento del Partido. Pero este cambio en términos de la discusión política entre los líderes del Partido hizo estallar un debate mucho más amplio y radical sobre la reforma política tanto dentro como fuera del Partido. Esto preocupó al mismo Deng y a otros veteranos e ideólogos del Partido, que no estaban dispuestos a aprobar también las reformas políticas. De este modo, la división entre reformadores y conservadores dentro del liderazgo del PCC se acentuó. Aprovechando la oportunidad política proporcionada por la manifestación masiva de los estudiantes en las principales ciudades en diciembre de 1986 y en 1987 (protestas callejeras de Hu Yaobang), para defender la reforma política, los reformadores perdieron a uno de sus defensores de más alto rango de la reforma política, el Secretario General del Partido, Hu Yaobang, en enero de 1987.

En el período entre dicho momento y el importante XIII Congreso del Partido en octubre de 1987 las facciones conservadoras del Partido maniobraron para conseguir mayor poder a través de una campaña política contra la “liberalización burguesa”, aunque finalizó con una reafirmación parcial del poder de los reformadores, especialmente del primer ministro Zhao Ziyang, quien reemplazó a Hu como Secretario General del Partido. La línea oficial del XIII Congreso del Partido reiteró la necesidad de unas reformas económicas mayores. Aunque las demandas del congreso para la reforma política estaban restringidas por la necesidad del compromiso entre los líderes, se puso énfasis en separar el Partido de la Administración, lo cual permitiría la aparición de una clase tecnocrática y profesional de funcionarios del Estado y restringir el papel del Partido al de creador de  política y de supervisión más que dirección de su ejecución.

Sobre la base del compromiso alcanzado en el XIII Congreso, que se inclinó a favor de los reformadores, se introdujeron tres reformas importantes en la primavera de 1988: un mercado libre para los derechos de uso del suelo agrícola, una propuesta para acelerar el desarrollo de las provincias y ciudades costeras de China (conocida como la estrategia de la costa del oro) con mayores descentralizaciones de poder para llevar a cabo las transacciones económicas exteriores, y una profundización en la reforma de precios.

Esto generó un mayor distanciamiento entre conservadores y los reformadores, que alcanzó su punto álgido en el Tercer Pleno (XIII) a finales de septiembre de 1988, cuando los grupos opuestos al Partido cerraron la comunicación. En este contexto, se decidió una desaceleración del proceso de reforma para estabilizar la economía, restaurando los controles centrales y posponiendo las medidas potencialmente desestabilizadoras, especialmente la reforma de los precios. Por ello, se ha descrito a los líderes chinos como si estuviesen en una “montaña rusa” en 1987 y 1988.

                                   Política económica